El Rebumbio

Directiva dimisión

En la última Junta de Accionistas del Deportivo, Tino Fernández deslizó una reflexión sobre la relación de Altia, la empresa que fundó hace un cuarto de siglo y de la que es presidente, y el mundo del deporte, que engloba también al Deportivo. Y explicó el motivo por el que decidió orillar los patrocinios de ese entorno. De Altia, que es el modo de vida de Fernández y de más de mil familias, se llegó a colocar una pancarta en la entrada de la ciudad que aseguraba que, mientras el Deportivo bajaba, a la empresa le iba mejor; de Fernández se llegó a decir, en público, que había generado una empresa instrumental para acumular acciones de tapadillo y apoderarse del club. Luego se supo que en realidad lo que había hecho fue transferir a una sociedad de la que es administrador y socio único (y que recibió un premio del prestigioso servicio de estudios Ardán por estar entre las que más riqueza generan en Galicia) las acciones que tenía a nombre de Altia, que es una compañía en la que a muchos trabajadores y propietarios la aventura futbolística de su presidente puede que les resulte entre indiferente e incómoda.

Durante décadas Altia contribuyó al Deportivo con patrocinios y apoyos de todo tipo entre el desinterés generalizado. Lo hizo a pesar de que cualquier estudio sobre gasto en publicidad desaconsejaría esa inversión: no se dedica a una actividad que busque clientela en los campos de fútbol, en las pistas de baloncesto o en el ámbito del deporte-base. Que Tino Fernández tomase la decisión de desligar a la empresa de este mundillo alerta sobre las nulas posibilidades de que un deportivista vinculado al mundo empresarial se plantee siquiera tomar su relevo. Puede que si Amancio Ortega llegase a ser presidente del Deportivo, y el equipo tiene una mala racha sobre el verde, en Lavedra florezcan pancartas que pidan que en lugar de comprar en Zara lo hagamos en H&M. O que si es Ignacio Rivera el atrevido alguien venga a decirnos que empecemos a beber Mahou. Quizás en Ferrol ya haya quien lo haga.

Lo ilógico es que la directiva no dimita.

La temporada del Deportivo va camino del desastre. El equipo estaba diseñado para ascender y en todo caso para intentar hacerlo en el play-off desde un buen tono, pero se ha caído de manera tan inopinada y exagerada que no hay otra respuesta que la perplejidad ante la búsqueda de explicaciones. O romper la baraja constantemente para que el club no cese de dar vuelcos.

La actitud de este Consejo de Administración ante los problemas futbolísticos fue casi siempre la de cortar por lo sano, de alguna manera durante bastante tiempo contribuyó así a desvalorizar lo que no era un fracaso. Lograr los objetivos nunca puede serlo, por más matices que se puedan introducir. Cada destitución tiene una intrahistoria y unos protagonismos, pero lo que subyace a día de hoy es que José Luis Martí es el noveno entrenador en cinco años, que no se ha encontrado una línea futbolística porque se han generado urgencias cuando muchas veces de lo que se trataba era de fortalecerse ante una precaria normalidad. Por más que soñásemos, el equipo durante mucho tiempo no daba para más que para aquello con lo que cumplía, mantenerse en Primera. Quizás ese pertinaz empeño en girar y girar en busca de no se sabe qué, de sucumbir a presiones interesadas o indocumentadas, de carecer de la templanza exigible a unos dirigentes y tan bien aplicada en otras facetas del club, ha empujado al equipo a la errática situación actual. El tiempo le dará valor en todo caso al meritorio (y barato) ascenso de la primavera de 2014 y a esas tres sufridas permanencias consecutivas en la máxima categoría, esenciales en un tiempo en el que resultaba imperativo ordenar la deuda y llenar el peto.

El descenso puso en evidencia que hubo muchas malas decisiones por el camino, que el equipo marche ahora más cerca de la mitad de la tabla que de la cabeza de Segunda División alerta de que no acaban de hacerse las cosas bien, por más que el fútbol tenga un componente de azar. Hace un año un sector del estadio de Riazor pidió a voz en grito la dimisión de la directiva. La respuesta fue todo lo contrario de un enroque porque se convocó una junta extraordinaria por si amanecía una alternativa. Nadie se presentó y en julio la candidatura de la directiva actual suscitó el 98,98 por ciento del apoyo accionarial. Nadie votó en contra. Ni uno sólo de los más de 25.000 accionistas del club gritó “directiva dimisión” ante las urnas. Cuatro meses después el apoyo a la gestión del Consejo de Administración se elevó hasta el 99,8%.

Este domingo, en el estadio, el mismo grupo de aficionados volvió a alzarse y pidió por segundo partido consecutivo que la directiva dimitiese. Alguno de los que gritó acude luego en privado junto a los interesados a decirles que en realidad se trata de un eufemismo, que lo que quieren decir es “directiva espabilad”. Pero parece probable pensar que una amplísima mayoría de esos peticionarios se expresan no solo convencidos sino que lo hacen desde la honestidad. No es sencillo calibrar el opinómetro en un estadio atestado de seguidores cabreados y deprimidos ante el pobre espectáculo futbolístico, pero algo ha cambiado respecto a pasadas peticiones de dimisión: ya no hay una respuesta contraria por parte de los seguidores que antes acallaban esa demanda entre silbidos. Tampoco es la primera vez que Riazor pide a voz en grito que aquellos que no cumplen con lo que pregonan se marchen fuera del estadio.

Vamos a ser generosos y pensar que estamos ante una mayoría cualificada, que en una sociedad anónima deportiva de casi treinta años de trayectoria las juntas de accionistas y las urnas son un paripé y que, en todo caso, si los directivos cambian de opinión cada cuatro meses respecto a los entrenadores por qué no vamos los aficionados a variar también nuestra opinión sobre los directivos. Todos estamos capacitados para abrir cismas. La cuestión es cerrarlos. #Quesevaiantodos, sí. Apoyemos la moción que invita a cortar cabezas cada vez que los resultados no se dan en vez de apostar por la continuidad como argumento para encontrar un camino. Desesperémonos en el laberinto e imitemos la peor cara de la directiva recetándole su propia medicina, la del cese. Si puede ser por la vía del grito antes que por la de las urnas, mejor. Total esto es fútbol y aquí a veces gana el que berrea, sobre todo en contraposición al que calla.

Ahora, bien. Puede que no resulte muy coral, pero no estaría de más que alguien de los que grita directiva dimisión ofrezca a continuación el nombre y apellidos de la alternativa, que nos indique además si goza del apoyo de los accionistas del club, de los pequeños y de ese medio centenar de suscriptores de referencia que han dado la cara por la entidad en los últimos años, por cierto capital coruñés en su inmensa mayoría. Apoyos que este Consejo de Administración buscó casi puerta por puerta y que en bastantes casos garantizaron fidelidad incondicional y también exigieron discreción y confidencialidad para que la tinta china del fútbol no les manchase.

Sería aconsejable también que quienes claman por el cambio ofreciesen alguna garantía respecto a si los máximos acreedores de un club que todavía debe pagar casi 90 millones de euros apoyarían ese cambio con el fervor y la confianza con la que han sostenido a la actual directiva. Puede también que alguno de los reponedores de supermercado, carniceros, bomberos, agentes de seguros, especialistas en ñapas, opositores, jubilados o periodistas que dan lecciones en las redes sociales de cómo se dirigen empresas con más de 35 millones de euros de presupuesto sean capaces de acudir a la planta noble de Abanca, Estrella Galicia o Inditex y encontrar allí un gestor que pueda hacerse cargo de la situación.

En esa caso deberán informarles de que el trabajo exige un fuerte desgaste personal y anímico, que si las cosas salen mal (y en el Deportivo desde hace años no acostumbran a salir bien del todo) su nombre se manchará con todo tipo de especulaciones, que le insultarán, le vejarán incluso aunque esté con su familia o hijos, que se pondrá en solfa su carrera profesional e incluso su integridad y honor si unos señores de corto no meten la pelota en la portería que deben. Tendrán que explicarles que todo lo anterior será lo más suave y llevadero, que hasta puede ser divertido recibir la protesta de un socio que se queja porque lleva toda la vida pagando un carnet de preferencia inferior para sentarse en preferencia superior y que ahora se encuentra con alguien en la puerta que le impide el upgrade. Peor serán las presiones desde entornos más interesados, los artículos sibilinos (o no tanto) porque no te pliegas a según qué demandas. Quienes piden dimisiones deberán advertir a los interesados en el trabajo de que la remuneración por todo ello consistirá en un salario emocional.

¿Quién puede estar dispuesto a pasar por eso? O un loco, o un ególatra, o alguien que aúne ambos perfiles. Un deportivista, también.

El fútbol se ha convertido en un entorno nocivo y cainita. La directiva fue la primera en cortar cabezas sin reparar, novata ella y apresurada porque todo fuese mejor, que cuantas más rodasen de menos diques iban a disponer. Directiva dimisión, avancemos todos por la pancarta. Que pase el siguiente, que no será el anterior. El problema es que al siguiente igual ya se le ha dicho también de todo antes de llegar. Y lo que le falta por escuchar.

Al final está el Deportivo. Lo mismo que quienes piden dimisiones tienen todo el derecho a hacerlo aunque empleen métodos que distan de lo pautado y quieran imponer el grito al debate o la presión a las urnas, también le corresponde a Tino y su gente decidir su futuro en el club a través de los canales adecuados. Si pusieran pies en polvorosa no sería justo ni con el club, ni con quienes les dieron un mayoritario apoyo ni, sobre todo, consigo mismos. Dimitir implica también una acción de responsabilidad, la que merece el Deportivo.

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