El Rebumbio

La pesada digestión del NO

RCDEPORTIVO

La digestión de las informaciones no siempre resulta sencilla. En mayo de 2019 hay quien se ha enterado de que el funcionamiento del Real Club Deportivo se rige por el de las sociedades anónimas deportivas, que en ocasiones no tienen mucho de anónimas ni de deportivas. Hay quien intenta que tampoco sean sociedades. Existe el riesgo de que no quede nada. A estas alturas ya sabemos que a los dirigentes de este tipo de sociedades los puede echar una grada ofuscada por los resultados. No con acciones, pero sí con bronca. Por contra, no los pone la grada en la poltrona. A los consejos de administración los eligen los accionistas. Y ahora brotan impresionables que se alertan y disparan un lamento: “É deles!”. Aún en el caso de que tuvieran toda la razón, primero pudo ser de otros. De ellos.

En diciembre de 2003, acuciado por una deuda mastodóntica y al tiempo que opositaba a proclamarse como el mejor equipo del mundo, el Deportivo lanzó una ampliación de capital, algo que 16 años después en algunos foros se observa como un anatema. Se sacaron a la venta 60 millones de euros en acciones. Si convenimos que entonces el Deportivo tenía en torno a 20.000 accionistas, y que en tiempos a cada uno de ellos se le pedía un esfuerzo mínimo de comprar un par de ellas, una estimación en caso de que todos hubiesen entrado a ese nivel hubiese deparado una recaudación de algo menos de dos millones y medio de euros. Quedarían 57,5 por cubrir.

Nada ocurrió de esa manera. La gran masa de pequeños propietarios, al contrario de lo que ocurrió en 1992 y en 1996, optó por no aportar más capital a pesar de que también se le ofrecían descuentos en los carnets si suscribían acciones. Acudieron los más pudientes o comprometidos, hasta el tope del uno por ciento por cabeza. Cuando en julio de 2007 se percibió que la ampliación no cubría las expectativas recaudatorias se abrió barra libre. Los que ahora avisan y se reconcomen porque el club es de unos pocos miraron hacia otro lado. Tampoco hubieran podido hacer nada: con bastante más de 50 millones por cubrir, 60 más en otra ampliación promovida en 2009, y sin barreras, el club podría ser del primero que tuviera coraje a hacerse con él. Nadie lo hizo aunque la palabra inversor fue más que empleada durante años. Algunos incluso suspiraban al pronunciarla, como anhelantes.

Ahora el club “é deles”, de quienes acudieron a una última ampliación de capital en la que no se podían gastar más de 90.000 euros. Una ampliación en la que además 3,6 millones de euros en acciones quedaron sin comprador. El Deportivo hubiera podido completar los 6 millones que puso de tope en la última ampliación de capital aprobada en 2014, pero señaló límites seguramente para que no se le pudiera acusar de fomentar que el club estuviese en unas pocas manos. ¿Es posible hacer creer a alguien que existía una estratagema para que unos pocos se quedasen con la sociedad? Todo es posible, pero volvemos al inicio: cada uno digiere la información como le parece y en el momento que su estómago completa ese proceso.

Los más estreñidos se revuelven aún más sobre la taza porque en el Deportivo, que tras estructurar su deuda es en algunos aspectos (seguramente no en el social) una sociedad más golosa que cuando hace cinco años estaba recién salida de una suspensión de pagos, se detectan movimientos de compra y venta en el mercado libre. Quizás sea un detalle que advierta de que vamos hacia un cambio de modelo. De que ya que los pequeños accionistas no han entrado a hacerse con títulos para cubrir la capitalización que precisaba la entidad, hay otra serie de gente que sí están dispuestos a hacerlo y con total libertad, pautada además en su día por el club y su gente. Pocas cosas son iguales en 2019 a como eran en 1992.

Hay quien se vanagloria de que los resultados echen a un presidente de una SAD. Seguramente sea hasta bueno que eso pueda suceder, que se respete del dictado de la grada como depositaria de la esencia del fútbol. Pero si algo han enseñado estos últimos años en el Deportivo es que no resulta posible sostener un club con las obligaciones que éste ha asumido desde la fragilidad o lo voluble. No es posible un plan desde la dependencia de un marcador que además hasta es posible que solo sea malo para unos pocos. Que una parte minoritaria del estadio estuviese en pie de guerra cuando el equipo firmaba permanencias en Primera con una economía precaria, que se haya larvado y fomentado una situación de inestabilidad que ha hastiado a una directiva con el equipo aún vivo en la pelea por el ascenso, invita a pensar en la necesidad de un cambio de modelo. Porque, sobre todo, nadie de los que se lamentan han hecho algo en camino opuesto.

Ese cambio de modelo no es una moda actual. Se comenzó a cimentar con aquellas ampliaciones de capital que jamás hubiera podido cubrir el pequeño accionista. El camino para que el Deportivo fuese de unos pocos se empezó a recorrer en la Junta de Accionistas de 2003 y se profundizó en él cuatro años después con la supresión del uno por ciento. ¿Es un mal camino? Seguramente es el único posible tras la acumulación de pasivo. Y no tiene porque ser nefasto si involucra a propietarios sin grandes paquetes accionariales, de sectores productivos diversos y radicados en A Coruña. Siempre con figuras que ejerzan de pegamento entre todos ellos. Y con capacidad para aceptar y entender la sensibilidad de los seguidores y pequeños accionistas, que no dejan de ser los que le dan sentido a todo este circo. Cada uno en su sitio, sin las amenazas que ya brotan entre quienes anuncian que no habrá paz en el Deportivo si el próximo presidente no les agrada. Porque en esas estamos.

Un club fuerte es el que tiene capacidad para aunar una masa accionarial que pilote en la misma dirección. Y ahora mismo no es esa la sensación. El martes lo más previsible es que la fragmentación sea tan evidente que incluso pueda llegar a evitar la elección de un nuevo Consejo de Administración. La anunciada negativa de algunas candidaturas a que se voten listas deja abierta la opción de que el 29 de mayo el presidente siga siendo Tino Fernández, lo cual sería una malísima noticia. Pero eso podría llegar a ocurrir si se atiende a la ley de sociedades. Pongamos un ejemplo, reducido a la simpleza para que lo asimilen los de las digestiones difíciles, con números redondos: el candidato A reúne 20.000 acciones, el B 15.000, el C 8.000 y el D 2000. Si cada uno de ellos votase “SI” a su candidatura y “NO” a las restantes nadie sería elegido porque hasta el candidato A tendría más votos negativos que positivos.

 

La pesada digestión del NO
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