Opinión

Recuerdos de un penalti que no viví

SPORT

Yo nací en el momento equivocado. Seguramente sea uno de los pensamientos que más me corre por la mente cada vez que leo efemérides blanquiazules en los medios o las redes sociales. Jamás pude disfrutar plenamente de hitos que la inmensa mayoría de gente de mi alrededor sí vivió, y aunque parezca incluso absurdo hay veces en las que no es fácil llevarlo. Me habría encantado tener la posibilidad de contarle con detalle a mis hijos o nietos cómo fue aquella gran etapa del Deportivo, cuando sí éramos los mejores, pero la única realidad viene condicionada por dos variables: o no era plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo en el mundo, del que todavía era novato, o ni siquiera había llegado a él. Soy un deportivista para el que la Liga y el Centenariazo no son más que lagunas incrustadas en la mente, ocupantes de espacios mucho más pequeños que los tres descensos tragados a partir de 2011. Es lo que me ha tocado vivir. La Copa del Rey del 95 es el siguiente logro blanquiazul en el orden cronológico inverso, una hazaña que llevó a miles de personas eufóricas a la calle mientras yo solo atendía a mi chupete. Hay otras efemérides que, directamente, me superan en edad.

En el momento de escribir esto tengo 24 años y cinco meses, siete menos que los 25 que cumple hoy el penalti fallado de aquel central serbio. Djukic es un hombre que ha pasado a la historia del fútbol y del club por un error. El Dépor es una entidad que me ha hecho sufrir, pero en escenarios con mucha menos gloria en juego. No era más que un simple proyecto de ser humano cuando el equipo de mi ciudad afrontó uno de los grandes momentos de sus entonces casi 90 años de historia. El Dépor, por primera vez, tenía a once metros la posibilidad de poner su nombre entre los grandes del fútbol nacional e internacional. No estaba ahí para oír los lloros de después, ni para leer las crónicas del día siguiente, así que lo más que he podido hacer hasta ahora es empaparme de vídeos de baja calidad en YouTube e imaginarme en aquella situación. Procuro verme entre toda esa gente que se fue triste de un Riazor mucho menos moderno que el de ahora. Varios se dirigieron hacia Cuatro Caminos, otros hacia sus casas, y me conozco lo suficiente como para saber que hubiera sido parte del segundo grupo. Sufrir por culpa del Dépor siempre se me ha dado bien.

Por motivos como ese, trabajos como el Informe Robinson del infausto penalti de Miroslav sientan como aire fresco. ¿Cuál era la intrahistoria de todo aquello? ¿Cómo se llegó hasta aquella situación? Parece mentira, pero jamás me había preguntado qué había ocurrido en las 37 jornadas anteriores a aquella decisiva del Valencia. El día de la emisión me pegué al televisor como quien se sienta a escuchar las palabras del mayor de los sabios, me aislé de la gente que me acompañaba en la sala, vi y escuché. Todo eso que había visto en YouTube lleno de píxeles y con calidad de audio del Pleistoceno estaba ante mis ojos en la más alta de las definiciones, con entrevistas perfectamente preparadas y una serie de recursos que asombraron a mi yo actual, un casi graduado en Comunicación Audiovisual. Disfruté, sufrí y lloré en sus debidos momentos como si de verdad hubiera vivido todo aquello. Nunca me había sentido tan cerca de las emociones que sí sintieron los contemporáneos de esa época, tan distante para mí y tan cercana para otros.

Jamás volveremos a presenciar nada como aquello, y mucho menos lo que vino después. Eso es lo que lo convierte en algo tan especial a pesar de haber provocado tantas lágrimas, incluso de los que no estábamos allí.

Comments
To Top